Aplastamiento de alto nivel

Karl Marx tenía razón - Crisis económica capitalista: Los patrones obligan a los obreros a pagar (2 - 2) (Primavera de 2009)

2016.06.03 03:21 ShaunaDorothy Karl Marx tenía razón - Crisis económica capitalista: Los patrones obligan a los obreros a pagar (2 - 2) (Primavera de 2009)

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El fin de la hegemonía económica de EE.UU. posterior a la Segunda Guerra Mundial
Teniendo esto en mente, veamos esquemáticamente la historia de la economía capitalista estadounidense de la posguerra. Durante las dos primeras décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dominó el mercado mundial de productos industriales. Constantemente obtenía grandes superávits en su balanza comercial con casi todos los demás países capitalistas. Sin embargo, hacia la mitad de los años sesenta, Alemania Occidental y Japón habían reconstruido y modernizado sus economías al punto de poder en realidad competir con Estados Unidos en los mercados mundiales y también en el mercado interno estadounidense. Así que el flujo de sus magnitudes comerciales fue revertido. Estados Unidos empezó a incurrir en grandes déficits en su balanza comercial.
En pocos años, este giro destruyó el sistema monetario internacional de posguerra que se había establecido en la conferencia de Bretton Woods, New Hampshire, en 1944. Se llamaba el patrón de cambio oro-dólar. Las divisas de los países capitalistas más importantes quedaron fijas frente a las demás por largos periodos y ancladas por el dólar. Washington prometió —y quiero enfatizar la palabra “prometió”— que los otros gobiernos podrían intercambiar libremente por oro todos los dólares que tuvieran a una tasa de 35 dólares la onza.
Para principios de los años setenta, eso ya no era objetivamente posible. El volumen de dólares que poseían los bancos centrales extranjeros superaba por mucho la reserva de oro de Estados Unidos a 35 dólares la onza. El gobierno fran- cés de Charles de Gaulle, que resentía el dominio internacional de Estados Unidos y aspiraba a restaurar la “grandeza” de Francia, empezó a cambiar por oro sus reservas de dólares. Así, en agosto de 1971, el presidente estadounidense Richard Nixon cerró la “ventana del oro”, lo que terminó con la convertibilidad del dólar a mercadería universal de valor intrínseco (de trabajo). Tras unas cuantas conferencias internacionales inútiles, lo que surgió fue un no-sistema de tasas de cambio fluctuantes. Desde entonces, las tasas de cambio de divisas han estado determinadas por las condiciones del mercado, modificadas por intervenciones gubernamentales de vez en cuando. La razón por la que estoy explicando esto es que el régimen de tasas de cambio fluctuantes tuvo dos consecuencias a largo plazo, que subyacen a la actual crisis financiera.
Una: creó un gran y nuevo elemento de incertidumbre, es decir, el riesgo de pérdidas, en todas las transacciones financieras internacionales, especialmente las de largo plazo. Así pues, las tasas de cambio de divisas se convirtieron en una importante esfera de especulación financiera. Gran parte del libro de Das sobre el comercio de derivados habla de protegerse contra los cambios en las tasas de cambio de divisas y de especular con ellos.
Dos: al cortar los lazos entre el dólar y el oro, el capitalismo estadounidense, tanto al nivel corporativo como al nivel gubernamental, logró aumentar masivamente su deuda externa, sin otro límite superior que la voluntad de los gobiernos e inversionistas extranjeros de comprar activos denominados en dólares. Ahora el dólar vale alrededor de 20 centavos en términos del dólar de 1971. En el Financial Times de Londres (24 de noviembre de 2008), Richard Duncan subrayó este aspecto de la actual crisis mundial:
“Cuando Richard Nixon destruyó el Sistema Monetario Mundial de Bretton Woods en 1971 cerrando la ‘ventana del oro’ en el Tesoro, cortó el último vínculo entre los dólares y el oro. Lo que siguió fue una proliferación en espiral de instrumentos de crédito cada vez más espurios denominados en una divisa depreciada. El ejemplo más flagrante y letal de esta locura ha sido el crecimiento del mercado de derivados no regulado, que se ha inflado hasta alcanzar los 600 billones de dólares, lo que equivale a casi 100 mil dólares por cada habitante de la Tierra.”
Aumentar la tasa de explotación
En 1974-75 hubo un declive económico mundial muy pronunciado e importante. Aunque no duró mucho, tuvo consecuencias importantes, sobre todo en Estados Unidos. Al salir del declive económico, la clase capitalista estadounidense hizo un esfuerzo concentrado para aumentar la tasa de explotación del proletariado, es decir, la proporción de plusvalía con respecto a salarios. Los capitalistas exigieron de la burocracia sindical contratos entreguistas y la imposición de salarios más bajos para nuevas contrataciones, y lo obtuvieron. Trasladaron la producción del noreste y el medio oeste sindicalizados al sur y suroeste que no están sindicalizados, así como a países donde los salarios son bajos en Latinoamérica y Asia.
Esta ofensiva antiobrera, que comenzó bajo el presidente demócrata de derecha Jimmy Carter, aumentó bajo el aun más derechista presidente republicano Ronald Reagan. El aplastamiento de la huelga de controladores aéreos de PATCO en 1981, y la subsiguiente reacción rompesindicatos durante huelgas como la de Greyhound, marcaron el inicio de esta ofensiva. En ese entonces, nosotros abordamos la necesidad de que el movimiento obrero combatiera la ofensiva capitalista, especialmente en el artículo “Para ganar, darle duro a la patronal” (Spartacist [Edición en español] No. 15, julio de 1984). Lo que decíamos en “Darle duro”, que los obreros no pueden jugar con las reglas de los patrones, conserva toda su validez para el movimiento obrero estadounidense de hoy.
Aquí quiero enfatizar un aspecto de la ofensiva antiobrera de principios y mediados de los años ochenta que no era obvio entonces. El ascenso del monetarismo y la “desregulación” financiera como doctrina y como política en los Estados Unidos de Reagan y también en la Gran Bretaña de Thatcher estuvo en parte basado en el debilitamiento del movimiento obrero y fue condicionado por éste. En la Gran Bretaña, el giro decisivo a la derecha en la relación de fuerzas de clase fue la derrota de la huelga minera de 1984-85. La reciente nota de la camarada McDonald sobre el impacto de la crisis económica en Gran Bretaña señalaba que en 1986 el gobierno de Thatcher “desreguló” la City de Londres. No fue accidental, como se dice, el que la especulación con capital financiero se desatara justo después de la derrota de la huelga minera.
En Estados Unidos durante los años ochenta, que los liberales llaman frecuentemente “la década de la codicia”, hubo una redistribución masiva del ingreso hacia arriba, combinada con un aumento masivo en la deuda externa de Estados Unidos. El gobierno de Reagan recortó los impuestos para los ricos mientras aumentaba enormemente el gasto militar en la creciente Segunda Guerra Fría contra la Unión Soviética. Para financiar los grandes déficits gubernamentales que resultaron, una gran porción de los bonos del Tesoro recién emitidos se vendió en el extranjero, especialmente a los japoneses. En el lapso de dos o tres años, Estados Unidos pasó de ser la nación más acreedora del mundo a ser la más endeudada.
La redistribución del ingreso hacia arriba y el creciente endeudamiento exterior de Estados Unidos estuvieron orgánicamente vinculados a la desindustrialización del país. Grandes extensiones del medio oeste llegaron a conocerse como el “cinturón del óxido”. A mediados de los años sesenta, la manufactura constituía el 27 por ciento del producto interno bruto estadounidense y empleaba al 24 por ciento de la mano de obra. Para principios de la década de 2000, el peso de la manufactura se había reducido al catorce por ciento de la producción total y empleaba sólo al once por ciento de la mano de obra total.
Básicamente, los salarios reales por hora para obreros de base llegaron a su punto más alto a principios de los años setenta. Durante la mayor parte de las últimas tres décadas y media, la compensación real por unidad de trabajo ha estado por debajo de ese nivel. Sólo ocasional y brevemente, por ejemplo en la fase final del auge económico de los años noventa, los pagos netos reales por hora se han acercado o han superado a los de principios de los setenta. En la medida en que las familias obreras han aumentado sus ingresos en las últimas décadas, ha sido debido a que ambos cónyuges tienen trabajos de tiempo completo, trabajan muchas horas extras o hasta en dos empleos, si es que hay tales empleos disponibles.
Sin embargo, para el principio de la década de 2000, estos medios generalizados de aumentar el ingreso familiar prácticamente se habían agotado. Al mismo tiempo, los trabajadores han enfrentado un agudo aumento en ciertos gastos básicos: la vivienda (tanto comprada como rentada), los servicios médicos y las colegiaturas universitarias para sus hijos. Así que han tenido que endeudarse más. En la víspera de la actual crisis, a principios de 2007, el promedio de endeudamiento familiar era 30 por ciento mayor que el ingreso anual disponible. Esto fue posible principalmente porque las familias adquirieron préstamos respaldados por sus viviendas “aprovechándose”, por decirlo así, de la entonces creciente burbuja en los precios de la vivienda.
El auge de los punto com y la burbuja inmobiliaria
Para entender la burbuja en los precios de la vivienda que hubo a principios y mediados de la década de 2000, hay que retroceder un poco para mirar el llamado auge de los punto com de mediados y finales de los años noventa. Éste fue un clásico ciclo de auge y caída como los que describió Marx en El capital. Una ráfaga de inversiones, principalmente en nueva tecnología —en este caso, la informática, los servicios de Internet y las telecomunicaciones—, aumenta lo que Marx llamó la composición orgánica del capital. Esto es el valor de los medios de producción (el tiempo de trabajo encarnado en ellos) necesario para emplear trabajo vivo. En la economía burguesa, se llama capital por trabajador. Un aumento en la composición orgánica del capital hace bajar la tasa de ganancia. Incluso si la productividad aumenta y los salarios no, el aumento de la ganancia por trabajador no compensa el incremento de capital por trabajador.
Esta dinámica pudo observarse claramente en el auge en los noventa del sector de telecomunicaciones, uno de los pilares de la “nueva economía” o “revolución TI (tecnología de la información)”. La recuperación de capital de las empresas de telecomunicaciones cayó continuamente del 12.5 por ciento en 1996 al 8.5 por ciento en 2000. En ese entonces, un analista de Wall Street, Blake Bath, describió a su modo la ley de la disminución de la tasa de ganancia aplicada a las telecomunicaciones. “Parece que el sector está muy sobrecapitalizado”, juzgó. “El gasto ha aumentado a niveles absurdamente rápidos con respecto a los ingresos y ganancias que ese gasto produce” (Business Week, 25 de septiembre de 2000). O, como lo puso Marx en el volumen III de El capital: “El verdadero límite de la producción capitalista lo es el propio capital [énfasis en el original].”
En 2000-01, el auge de los punto com se convirtió en caída, dando paso a una recesión. Buscando suavizar el impacto del declive económico, Alan Greenspan, director de la Reserva Federal (el banco central estadounidense), inundó con dinero los mercados financieros. Para 2003, la Fed recortó la tasa de interés sobre los préstamos a corto plazo de sus bancos miembros del 6.5 al uno por ciento, lo que en ese momento fue el interés más bajo en medio siglo. Durante la mayor parte de este periodo, la llamada tasa de fondos federales estuvo por debajo de la tasa de inflación. En los hechos, el gobierno estaba regalando dinero a los financieros de Wall Street. A finales de 2004, el Economist de Londres advirtió que “la política de dinero fácil” de Estados Unidos “ha desbordado sus fronteras” y “ha inundado los precios de las acciones y las casas en todo el mundo, inflando una serie de burbujas de precios sobre activos.”
En el centro de la actual crisis hay un tipo de instrumento financiero conocido como derivado. Los tradicionales títulos financieros primarios —bonos y acciones corporativos— representan en el sentido legal y formal la propiedad sobre bienes, es decir, bienes y servicios que encarnan valor de uso así como valor de cambio como productos del trabajo. Los derivados se basan en los títulos primarios o están conectados a ellos de alguna forma. Un tipo importante y típico son las coberturas por riesgos crediticios. Formalmente, y quiero enfatizar la palabra formalmente, es una especie de póliza de seguro contra la insolvencia de los bonos corporativos. Sin embargo, uno puede comprar un canje financiero contra el impago del crédito sin tener los bonos corporativos. En ese caso es una forma de especular con que la corporación se vuelva insolvente. Imaginen que 20 personas están aseguradas contra el incendio de un mismo edificio, 19 de las cuales no son dueñas del edificio. Bueno, bienvenidos al mundo de los derivados. Además, se puede especular con el cambio en el precio de una cobertura de riesgo crediticio mediante lo que se conoce como opciones put y call.
El punto básico es que se han acumulado derivados sobre derivados sobre otros derivados. Para cuantificar: en 2005, si se sumaba todo el valor nominal en el mercado de todos los derivados del mundo, el resultado era tres veces mayor que el de los títulos primarios en los que supuestamente se basan. Para entender la extrema gravedad de la actual crisis financiera, hay que reconocer la inmensa magnitud de lo que Marx llamó “capital ficticio” que se ha generado en las últimas décadas. A principios de los años ochenta, si se sumaba el valor nominal en el mercado de todos los bonos y acciones corporativos y también de los bonos gubernamentales por todo el mundo, el resultado se aproximaba a la producción anual de bienes y servicios, lo que los economistas burgueses llaman el producto interno bruto global. En 2005, el Fondo Monetario Internacional calculó que si se hacía esa misma operación, el valor de sólo los títulos primarios era casi cuatro veces mayor que el producto interno bruto global. Y si se añaden los derivados, la cantidad de riesgo en el sistema financiero se ha multiplicado muchas veces.
Charles R. Morris, un periodista financiero de mentalidad crítica, describió cómo se tramó este Everest de “riqueza” espuria de papel:
“¿Cómo pudo llegar tan alto el apalancamiento? En la clase de instrumentos de los que hemos estado hablando, hay relativamente pocos ‘nombres’ o empresas subyacentes, cuyas acciones son ampliamente intercambiadas, unos cuantos cientos cuando mucho. Y un número relativamente pequeño de instituciones, especialmente los bancos globales, los bancos de inversión y los fondos crediticios sin regulación, realizan la mayor parte de este intercambio. De hecho, han construido una inestable torre de naipes de deudas vendiéndoselas y comprándoselas entre ellos, registrando ganancias en cada operación. Ésta es la definición de un esquema piramidal. En la medida en que el régimen de dinero gratuito previno la insolvencia, la torre podía tambalearse, pero seguía en pie. Pero pequeñas alteraciones en cualquier parte de la estructura pueden derribar toda la torre, y los movimientos sísmicos que ya se sienten prometen alteraciones muy grandes.” [énfasis en el original]
—The Trillion Dollar Meltdown: Easy Money, High Rollers, and the Great Credit Crash [El desplome del billón de dólares: dinero fácil, apostadores fuertes y el gran crac crediticio] (2008)
Conforme colapsa la torre de deudas, presiona implacablemente a la baja los precios de todos los activos financieros que no sean títulos gubernamentales del Primer Mundo. Y pronto puede sucederle también a éstos.
Impacto en Europa Occidental y Japón
La crisis financiera ha exacerbado enormemente las tensiones y conflictos de interés interimperialistas en lo que cada vez se conoce más como la des-Unión Europea. Los diversos esquemas de rescate nacionales han intensificado la competencia financiera al interior de la UE. El capital monetario especulativo de corto plazo entra a aquellos países —como Irlanda, inicialmente— en los que la política gubernamental hace parecer más seguros a los bancos y otras instituciones financieras. Y luego vuelve a salir cuando otros gobiernos ofrecen otros paquetes de rescate aparentemente más generosos.
También hemos visto una ruptura creciente entre los dos países centrales de la UE y la zona del euro: Alemania y Francia. El vanagloriado presidente francés, Nicolas Sarkozy, que por casualidad también ocupó la “presidencia” rotativa de la UE durante la segunda mitad de 2008, se presenta a sí mismo como el salvador del capitalismo mundial. Ha impulsado varios ambiciosos esquemas regulatorios financieros y de “estímulo” económico tanto en la UE como internacionalmente. No hace falta decir que las poses de Sarkozy no le han ganado amigos entre los gobernantes de los estados imperialistas fuera de Francia.
En particular, la clase dominante alemana, representada por el gobierno de coalición de demócratas cristianos y socialdemócratas, ha rechazado groseramente los diversos esquemas del francés. Nada de geld alemán, declaman, va a gastarse para costear el libertinaje y las flaquezas económicas de sus “socios” europeos. Más en general, quienes mandan en Berlín han insistido que le corresponde a otros países —léase Estados Unidos— arreglar sus propias economías de un modo que ayude también a Alemania. En palabras del ministro de economía alemán Michael Glos: “Sólo podemos confiar en que las medidas que adopten los otros países…ayuden a nuestra economía de exportaciones” (Financial Times, 1º de diciembre de 2008). ¡Siga soñando, Herr Minister!
Japón, que desempeña un papel muy importante en la economía mundial, no ha recibido suficiente atención de la prensa financiera estadounidense. Japón es la segunda economía más grande del mundo. Y, de manera más importante, el mayor acreedor del mundo. Aunque China lo ha superado recientemente como el mayor propietario de títulos del gobierno estadounidense, Japón es un acreedor mucho mayor de las corporaciones privadas de todo el mundo.
En 1989-90, estalló una burbuja de bienes raíces y valores bursátiles en Japón, lo que dio paso a una década de estancamiento, que más tarde llegó a ser conocida como “la década perdida”. Las autoridades monetarias forzaron la baja en las tasas de interés a prácticamente cero para estimular la inversión. Lo que pasó fue que esta medida funcionó, pero no en la forma que las autoridades del gobierno pretendían. El enorme exceso de capacidad industrial y de “préstamos bancarios morosos” desalentaron las inversiones adicionales en el mismo Japón. Así que los financieros japoneses y los inversionistas de todo el mundo pidieron préstamos baratos en Japón para luego invertir en otros países donde por algún motivo u otro la tasa de rendimiento era mayor. En la prensa financiera esto se conoció como el “carry trade de yenes”.
Ahora, esta práctica ha sido obligada duramente a invertir su marcha. Es decir, los inversionistas están vendiendo sus activos en todo el mundo, a precios cada vez más bajos, para pagar las deudas que contrajeron con los bancos y otras instituciones de Japón. Pero esto se ha convertido en un proceso contraproducente, pues, conforme este dinero entra a Japón, hace que el valor del yen aumente respecto a las divisas de casi todos los demás países en los que los deudores habían invertido. Así que eso aumenta el peso de su enorme deuda y de los futuros pagos. Imaginen que están vaciando una gran tina de agua, y que por cada cubeta que sacan, una cubeta y media entra por un conducto subterráneo. Bueno, ésa es la situación que enfrentan los inversionistas extranjeros y japoneses que por más de una década aprovecharon el “carry trade de yenes”.
Al mismo tiempo, el aumento en el precio del yen está haciendo que aumente el valor de los bienes japoneses en los mercados mundiales en un momento en el que la demanda global disminuye rápidamente. El núcleo del capitalismo industrial japonés está recibiendo un fuerte golpe. Por primera vez en siete décadas, Toyota espera tener pérdidas este año fiscal en sus negocios de autos y camiones. Sony ha anunciado que despedirá a cinco por ciento de la fuerza de trabajo de su división de electrónica y que cerrará hasta seis fábricas alrededor del mundo.
La crisis global sacude la economía “socialista de mercado” de China
Así que, ¿qué hay de China —que entendemos no es capitalista, sino un estado obrero burocráticamente deformado—? Durante la crisis financiera del Asia Oriental de 1997-98, China logró evitar el impacto de la crisis al expandir sustancialmente la inversión en construcción e infraestructura industriales. Y el régimen estalinista de Beijing está tratando de repetir esas medidas ahora. A principios de noviembre anunció un gran paquete de estímulo (equivalente a 585 mil millones de dólares) que se enfoca en expandir la infraestructura: vías férreas, carreteras, aeropuertos, puertos y cosas así. Posteriormente, sin embargo, ha resultado que la cantidad es mucho menor que la que se había indicado originalmente. Sólo una cuarta parte de los fondos vendrán del gobierno central; las otras tres cuartas partes deberán salir de organismos gubernamentales locales y bancos estatales. Pero los recursos financieros de estas instituciones son mucho más limitados. Stephen Green, un economista del Standard Chartered Bank de Shanghai, comentó al respecto: “Con la caída de las rentas públicas, es difícil imaginar cómo podrían los gobiernos, bancos y empresas locales compensar el resto de los Rmb 4 billones” (Financial Times, 15-16 de noviembre de 2008).
El camarada Markin y yo hemos estado discutiendo sobre el impacto que tendrá la crisis mundial en China. Y los dos coincidimos en que, esta vez, a diferencia de lo que ocurrió a finales de los noventa, la economía china no va a salir básicamente ilesa. Para empezar, éste no es un declive económico regional sino global. Y está centrado en Estados Unidos y Europa Occidental. Todo indica que va a ser muy grave y bastante prolongado. Una de sus consecuencias es que incrementa el proteccionismo antichino en Estados Unidos y Europa Occidental.
Vamos a ver, y ya estamos viendo, el lado malo y la inflexibilidad de lo que los estalinistas chinos llaman la economía “socialista de mercado”. En China hay decenas de miles de fábricas que emplean a decenas de millones de trabajadores y que pertenecen a empresarios nacionales, capitalistas chinos de ultramar de Hong Kong y Taiwán y corporaciones extranjeras que producen bienes específicamente destinados a los países capitalistas avanzados, bienes como juguetes, reproductores de CDs y sistemas de posicionamiento global para autos. Estas fábricas no pueden virar fácil y rápidamente su producción a, digamos, electrodomésticos para los obreros y campesinos chinos. Y eso sería así incluso si el Ejército de Liberación Popular volara helicópteros sobre los barrios obreros y las aldeas campesinas arrojando paquetes de dinero a los habitantes.
Además, el régimen de Beijing ha alentado su propia versión de la burbuja de precios de la vivienda y un auge en la construcción residencial. La numerosa y cada vez más pudiente pequeña burguesía urbana china —los yuppies chinos— pidieron préstamos para comprar, construir y expandir casas, no sólo para vivir en ellas, sino como inversión financiera. Esperaban que sus precios en el mercado continuaran subiendo en espiral. Bueno, pues la burbuja de la vivienda ya reventó. En un vecindario acomodado de Beijing, el precio de compra de departamentos nuevos cayó en un 40 por ciento entre febrero y octubre del año pasado. El Economist de Londres (25 de octubre de 2008) comentó: “El mercado de la vivienda produce desagradables sorpresas a las nuevas clases medias de China.” Desde luego, nosotros no estamos tan preocupados por las desventuras de los yuppies chinos. Sin embargo, nos preocupa mucho el efecto que el colapso de la burbuja de los precios de vivienda tenga en nuestra clase: el proletariado. Este colapso tuvo el efecto de deprimir la industria de la construcción residencial, mucha de cuya mano de obra consiste en obreros hombres emigrados del campo.
Lo que resulta de todo esto es que China, a diferencia de casi todos los países capitalistas, no va a entrar en una recesión; pero es probable que sí experimente un declive agudo en su tasa de crecimiento, que en el último par de décadas ha promediado cerca de un diez por ciento. Correspondientemente, habrá un gran aumento en el número de desempleados urbanos, tanto obreros que sean despedidos del sector privado como campesinos que lleguen a las ciudades en busca de empleos sin poder encontrarlos. Según las cifras oficiales, para el final de noviembre, 10 millones de trabajadores migratorios perdieron sus empleos en la China urbana. Y esta angustia económica va a producir un aumento en el descontento social. Ya ha habido protestas furiosas de los obreros fabriles despedidos en el delta del Río Perla, la principal región china de manufactura ligera para los mercados del Primer Mundo. Lo que no sabemos ni podemos saber es si el aumento del descontento obrero desestabilizará la situación política. Eso está más allá del alcance de nuestro conocimiento actual.
La resurrección del keynesianismo
¿Qué es más probable que ocurra? Todo indica que éste será un declive económico mundial excepcionalmente grave y prolongado, especialmente duro en Estados Unidos y Gran Bretaña. Al nivel ideológico y, en menor medida, al nivel de las políticas de gobierno, vamos a ver, y ya estamos viéndolo, un giro de derecha a izquierda en el espectro político burgués: políticas fiscales basadas en el aumento del gasto deficitario, nacionalización parcial de los bancos y otras instituciones financieras, intentos de expandir y apretar la regulación de las transacciones financieras y cosas así.
El camarada Robertson y otros han observado que el monetarismo como doctrina quedó completamente desacreditado y que el keynesianismo está otra vez de moda. He encontrado más referencias positivas a John Maynard Keynes en la prensa financiera de lengua inglesa en las últimas seis semanas que en los últimos diez años. La camarada Blythe señaló que hay un mito liberal muy enraizado en Estados Unidos de que fue el New Deal de Franklin Roosevelt, basado en las doctrinas de Keynes, lo que sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión de los años treinta. No, lo que sacó a Estados Unidos de la Depresión fue la expansión de las “obras públicas” durante la Segunda Guerra Mundial, y por “obras públicas” quiero decir tanques, bombarderos, portaaviones y la bomba atómica.
Ya hemos escrito sobre el keynesianismo en el pasado, desgraciadamente, en un pasado demasiado distante en términos de la historia de nuestra tendencia. Les recomiendo en particular tres textos. A principios de los años sesenta, Shane Mage, uno de los fundadores de nuestra tendencia, escribió una tesis doctoral, “La ‘ley de la tendencia decreciente en la tasa de ganancia’: Su lugar en el sistema teórico marxista y relevancia para la economía estadounidense” (Universidad de Columbia, 1963). Por cierto, su asesor de tesis fue Alexander Ehrlich, el autor de The Soviet Industrialization Debate 1924-1928 [El debate sobre la industrialización soviética, 1924-1928]. La obra de Mage contiene una sección en la que explica la diferencia entre el entendimiento de Marx y el de Keynes sobre cuál es la causa básica de los declives económicos. En el declive económico mundial de 1974-75, yo escribí un artículo llamado “Marx vs. Keynes” (WV No. 64, 14 de marzo de 1975, reimpreso en WV No. 932, 13 de marzo de 2009), que era en parte teórico y en parte empírico. Y en 1997-98, WV publicó una serie bajo el encabezado general “Wall Street y la guerra contra la clase obrera”. La tercera parte, “El New Deal de los años treinta y el reformismo sindical” (WV No. 679, 28 de noviembre de 1997), contiene un análisis de Keynes a nivel teórico y un análisis empírico de Estados Unidos durante los años treinta, las medidas reales del New Deal y los acontecimientos económicos de la Segunda Guerra Mundial.
Quiero concluir con un par de puntos en los que la situación actual difiere de la de los años treinta. Como ya he indicado, la situación actual es muy diferente en tanto que la enorme cantidad de deudas contractuales nominales y legales que no pueden pagarse supera por mucho, por grandes múltiplos, los recursos financieros de los gobiernos capitalistas. En Gran Bretaña y en Italia ya están teniendo dificultades para financiar los crecientes déficits presupuestales que resultaron de los diversos esquemas de rescate. El Financial Times (1º de diciembre de 2008) cita a Roger Brown, un analista financiero del banco suizo UBS, que señaló:
“Los gobiernos ya están teniendo problemas, lo que no presagia nada bueno viniendo poco después de la recapitalización [de los bancos] y del anuncio de que se necesitan más fondos adicionales.
“Debemos preguntarnos si habrá suficientes inversionistas para comprar los bonos, o al menos si esto no impulsará los rendimientos muy arriba para atraerlos.”
Así que todos estos esquemas de rescate pueden compensar cuando mucho una pequeña fracción de las pérdidas.
Lo segundo es que Estados Unidos está entrando en este profundo declive con una enorme deuda preexistente, que en gran parte pertenece a gobiernos e inversionistas del este asiático. Y esto pone un límite superior bastante estrecho a los gastos deficitarios adicionales. En su primer pronunciamiento después de las elecciones, Barack Obama trató de disminuir, no de alentar, las expectativas de que Estados Unidos volverá pronto a la “prosperidad”: “Lo he dicho antes y lo repito ahora: no va a ser rápido ni va a ser fácil para nosotros salir del agujero en el que estamos.” Así habló el nuevo jefe del ejecutivo del país capitalista más poderoso del mundo.
Así que ¿cuál es la solución? Es, como sabemos, una simple y radical. La clase obrera debe adueñarse de los recursos productivos de la sociedad —las fábricas, los sistemas de transporte, los sistemas de generación de energía eléctrica— de los capitalistas y, mediante el establecimiento de una economía planificada, usar estos recursos en el interés de la clase obrera y de la sociedad en su conjunto. Pero, para hacer eso, hace falta un partido político que represente los intereses de la clase obrera contra los de la clase capitalista. En Estados Unidos, un partido como ése también defendería los derechos e intereses de las minorías oprimidas negra y latina, lucharía por los derechos de los inmigrantes y todos los demás sectores oprimidos de la sociedad. Para construir un partido así, los obreros deben romper, en particular, con el Partido Demócrata, es decir, el más liberal, o el que suena más liberal, de los partidos del capitalismo esta- dounidense. También es necesario deshacerse de la burocracia sindical procapitalista existente y remplazarla con una dirigencia que luche por los intereses de los obreros y, otra vez, de todos los oprimidos. Y sólo cuando eso haya ocurrido será posible llevar a cabo un principio básico, a saber, que quienes trabajan deben gobernar.■
http://www.icl-fi.org/espanol/eo/31/crisis.html
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2014.09.20 09:21 segovro FRENTE AL CAPITALISMO DEL DESASTRE EL COLECTIVISMO SOLIDARIO DEL PRECARIADO

El capitalismo del desastre Naomi Klein, en “La doctrina del shock, el auge del capitalismo del desastre” (http://www.naomiklein.org/) nos explica que, inicialmente al menos, el capitalismo puede ver en estos cataclismos excelentes oportunidades para crear nuevas burbujas y negocios billonarios. Usando los ejemplos del Sri Lanka, después del catastrófico tsunami del año 2004, y del huracán el Katrina que destruyó Nueva Orleans, nos demuestra los desastres naturales también provén a las multinacionales de oportunidades para lograr sus objetivos: aprovechar momentos de trauma colectivo para dar el pistoletazo de salida a reformas económicas y sociales de corte necon radical: aumento de la deuda del Estado para pagar el plan de rescate, expropiación de los dueños y venta por dos chavos de las ruinas, desregulando previamente cualquier ley las proteja, marginación de las victimas y aplastamiento brutal de cualquier oposición. El colectivismo de los desesperados Frente al auge del capitalismo del desastre, el colectivismo de los precarios. Para estos desesperados, el debate político ocupa el segundo lugar. Un nivel más bajo educativo facilita también reacciones más primitivas. Primero vienen las soluciones de hoy. Comer hoy, mañana Dios dirá. Si hoy no hay pan, lo que queda es expresar la rabia, saltarse la ley, suicidarse. El movimiento no puede crecer y consolidarse poniendo por escrito los cambios que tendrían que ser aplicados por las autoridades, como un movimiento de protesta exigiendo a las autoridades a hacer los cambios, con la esperanza de convencer a la mayoría a votar un tal programa electoral. Esto puede ayudar en la creación de un consenso en torno a un número limitado de propuestas, una especie de proyecto de programa de gobierno. Pero difícilmente se convertirá en masivo, mucho menos en presencia de inestabilidad, delincuencia o violencia. Cuando el número de desesperados en la miseria alcance millones, hay pocas esperanzas de que el movimiento puede crecer lo suficientemente grande, fuerte y consistente, y ser capaz de pasar el pantano de todas las trampas de los partidos de izquierda tradicionales, hasta llegar a una representación parlamentaria suficiente, en forma pacífica. Mucho antes, los dueños de los casinos financieros arrojarán grandes cantidades de dinero e influencia en la provocación y en los movimientos fascistas. Las expresiones de ira de los desesperados proporcionaran la excusa. En cambio, el movimiento tiene que ganar impulso y ganar credibilidad mediante el apoyo de facto, la ayuda, la solidaridad, las soluciones, para los "desesperados" precisamente por los medios previstos para la nueva economía. Para vencer el miedo, los textos, las promesas, los discursos, no valen. Hay que demostrar, antes, que las propuestas no son una locura. Occupy Sandy (http://occupysandy.net/) es un esfuerzo de ayuda organizada creada para ayudar a las víctimas del huracán Sandy en el noreste de Estados Unidos. Al igual que otras ramas del movimiento Occupy, como Occupy Our Homes, Occupy University, Occupy the SEC, the Rolling Jubilee Campaign, Occupy Sandy está formado por antiguos y actuales activistas de Occupy Wall Street, otros miembros del movimiento Occupy y otros voluntarios. Ha trabajado en asociación con muchas organizaciones comunitarias locales en Nueva York y Nueva Jersey, y se ha centrado en la ayuda mutua en las comunidades afectadas en lugar de en la caridad, y en la reconstrucción a largo plazo de barrios sostenibles, más robustos. Después de la destrucción provocado por el huracán Sandy, miembros de Occupy Sandy establecieron un centro de distribución de alimentos, junto con un "mercado medieval de mantas donadas, ropa y alimentos " en dos iglesias separadas en Brooklyn. También se formó un "grupo motor Occupy" para ayudar a que los miembros a llegar más fácilmente en las zonas afectadas por la tormenta, allevar los "equipos de construcción y de los comités médicos". El tiempo que se pronostica a partir de un meteorólogo Occupy Sandy. El esfuerzo se ha extendido a varios centros de distribución más que filtran recibió ayuda a la peor de las zonas afectadas, como Coney Island, Staten Island, Rockaways (Queens), Sheepshead Bay (Brooklyn) y la costa de Jersey. Deutsche Tafel, fundada en Berlín, es un distribuidor de comida gratuita procedente de restos en buen estado de supermercados y panaderías, con más de 20 años de actividad. 1,5 millones de personas acuden a comedores sociales en Alemania (http://www.librered.net/?p=21519). Alemania, una de las principales potencias económicas de Europa, se enfrenta a una de sus peores crisis de los últimos tiempos afectando de manera espeluznante la calidad de vida de sus ciudadanos. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), en los últimos años se ha extendido la brecha entre ricos y pobres en Alemania. El número de indigentes en el territorio germano, en paro o con trabajo precario, que acuden a los centros de reparto benéfico de comida o comedores gratuitos para indigentes, han aumentado últimamente. De acuerdo con estadísticas oficiales, en Alemania viven unos 13 millones de pobres, y la organización asistencial Deutsche Tafel contabiliza que en 2012 el número de personas carenciadas que acuden a estos centros benéficos en busca de comida, ha tenido un aumento de 200.000. La nombrada organización también asegura que actualmente hay 1,5 millones de personas en el territorio alemán que acuden a los comedores sociales y cada vez hay más gente que necesita este recurso caritativo. El presidente de la organización, Gerd Häuser, asegura que “tener trabajo ya no significa estar protegido ante la pobreza” y que “la política antipobreza ha fracasado en Alemania”. Asimismo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) informó sobre una bajada de crecimiento de la economía mundial para 2012 y 2013, tal como es el caso de Alemania, cuya previsión se ha reducido en una y cinco décimas. Antonis Davanellos, Syriza (http://www.vientosur.info/spip/spip.php?article6952): El tercer elemento que quiero mencionar es que, en estas circunstancias, la organización de la población se refuerza y se extiende. Y no hablo sólo de las organizaciones políticas. La izquierda impulsó comités de base al inicio de las movilizaciones. Los que más éxito cosecharon fueron los comités "¡Yo no pago!", http://denplirono.wordpress.com/, compuestos por aquella gente que rechaza pagar los impuestos (sobre la vivienda, vinculados a la electricidad…), los peajes de la autopista de Atenas a Salónica… La campaña ha sido todo un éxito y en torno a estos comités se han construido otras campañas. Esto no fue más que el comienzo. Tras el incremento del movimiento de ocupación de los espacios públicos durante el último año, hemos creado lo que llamamos "asambleas populares", que se reúnen en los barrios. Es una iniciativa muy importante. Al principio sólo estaban impulsadas por Syriza, Antarsya y algunos anarquistas. Ahora tienen un peso considerable. La gente de un barrio se reúne una vez por semana y discuten sobre qué hacer o de las necesidades del barrio o de cómo responder a los fascistas (los neonazis de Alba Dorada que agreden a la gente inmigrante) y otras cuestiones. Un artículo de Al Jazeera, recogido en La Informacion, nos cuenta uno de los movimientos que son el secreto que se esconde detrás del 29% de votos de SYRIZA la revolucion de la patata. En Grecia, mientras la economía se contraía poco a poco entre 2009 y 2011, los precios iban subiendo. Este aumento, sumado a la caída de los ingresos, se mezcló en una coctelera explosiva hasta reventar. Pero ahora, cada vez más recelosos de sus políticos, los ciudadanos son los que están tratando de salir del abismo como pueden. El activismo de base está triunfando con logros tan mesurables como un saco de patatas. ¿Patatas? En el mes de abril la Autoridad Helénica de Estadísticas (ELSTAT) informó de una sorprendente caída en los precios de los tubérculos en marzo del año pasado. ¿La razón para esta deflación histórica? La revolución ciudadana de la patata. Este movimiento comenzó a gestarse cuando una serie de agricultores de Nevrokopi tuvieron una idea para protestar contra las importaciones de tubérculo egipcio: distribuir gratis toneladas de patatas en el centro de Salónica. Después, llegó todo lo demás. El Grupo de Acción de Voluntariado de la Prefectura de Pieria les invitó a vender sus patatas al por mayor. El 19 de febrero se organizó una venta de patatas a 25 centavos el kilo, un tercio de su precio en el mercado. El movimiento se extendió a la Universidad Aristóteles de Tesalónica, donde un profesor de marketing agrícola organizó una venta de patatas en el campus. Vendió 50 toneladas. Ahora, la revolución ha saltado las patatas y se organizan ventas regulares de más alimentos baratos como aceite de oliva, harina, arroz o miel. Incluso en Atenas. Pero más allá, muchos señalan que la mayor contribución del movimiento a la cultura griega sumida en la crisis es su capacidad de fomentar el espíritu del “querer es poder”. “Esto sucede todos los días. Ven este movimiento como algo muy esperanzador”, declara un ciudadano llamado Tsolakidis. “Podemos movilizar a más gente que cualquier otra persona”, dice Tsolakidis a Al Jazeera. “Recibimos alrededor de 5.500 pedidos de cada venta de productos, lo que representa alrededor de 45.000 personas, o el 55% de la población de nuestra ciudad... Las reuniones políticas tienen suerte si consiguen 50 personas”. La patata ha dado un nuevo énfasis al poder individual. Y puede que, aunque ahora limitados al ámbito local, sus valores de independencia y servicio calen algún día en lo más alto del poder público en Grecia. Este es el ejemplo a seguir, el camino a tomar, frente a las crisis provocadas por el captalismo de rapiña o por sus efectos en el planeta. Tiene que crecer proporcionando mecanismos de apoyo en islas de solidaridad donde la economía alternativa demuestre su utilidad. Tiene que crecer creando una demostración a gran escala del funcionamiento de las nuevas propuestas que sea difícil de atacar, sin causar, por un lado, la revuelta de los desesperados (la destrucción de sus últimos, todavía legales, medios de subsistencia) y el riesgo de una pérdida total de legitimidad en la inmensa mayoría de la población. Cualquier ataque a las islas de nueva economía de los desesperados tiene que ser percibido por la inmensa mayoría del 99% como un ataque totalmente ilegítimo e injusto. Los servicios de salud, alimentos para niños, refugio para personas sin hogar, voluntariado en obras civiles, y soluciones alternativas en todas las áreas donde los servicios sociales han sido recortados en el presupuesto, son difíciles de atacar sin provocar la última gota de irritación haciendo que la revuelta explote. En España ha surgido la Red de Solidaridad Popular http://www.reddesolidaridadpopular.org/ Una organización para la solidaridad: Es evidente que es necesario organizar la solidaridad para defender a los/as trabajadores/as, pero también para facilitar la creación de herramientas de organización y la creación de redes que permitan cubrir las carencias del Estado actual. La vía institucional ha llegado en este contexto a su tope, la utilidad de la acción en las instituciones en un marco político donde la soberanía es secuestrada a las administraciones locales y son impuestas las políticas de austeridad y los recortes. Es necesario luchar por la justicia social y trabajar por un reparto más equitativo de la riqueza desde otras bases, desde otra perspectiva. Es hora de proponer alternativas concretas que permitan conseguir resultados palpables y mejoras en la calidad de vida de las personas, para ello la propuesta de RedSolidaria aspira a constituirse en la generadora de alternativas concretas que permitan construir un modelo de relaciones sociales y de intercambios económicos diferentes; es evidente que hablamos capacitarnos como clase para realizar una praxis lo más cercana a nuestro ideal de sociedad. La solidaridad es un elemento principal para entender las relaciones humanas, es por ello que no planteamos un proyecto de caridad; al contrario planteamos un proyecto de solidaridad que genere sinergias, que capacite a las personas para establecer nuevos modos de relación social y económica, que sea capaz de dotar de herramientas a las personas que sufren para desde la cooperación y la solidaridad puedan salir de dicha situación de forma permanente y no sujeta a nuevas “crisis” o a la explotación. PODEMOS debe dar todo su apoyo a estas inciativas. Es mas, deberia dotarlas de un objetivo claro, medible, que articule los otros objetivos. Yo propongo el siguiente. Para finales de 2015 las redes solidarias españolas, en conjunción con los municipios que se vayan ganando debe ser capa de entregar 500.000 COMIDAS INFANTILES AL DÍA en todo el país.
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